Desconectar no es vivir

Hablamos de la sociedad hiperconectada, del internet de las cosas, de generaciones digitales y percibo cierto rechazo a admitir que todos experimentamos nuevas formas de relacionarnos de manera afectiva con desconocidos. La visión que algunos tienen de un mundo deshumanizado y casi pre-apocalíptico en el que los ordenadores nos convierten en semi-zombies, me entristece (y también me cabrea un poco, para qué negarlo).

Porque una de las cosas que la 2.0 no para de enseñarnos una y otra vez, es que volviendo a ser un poco niños (desaprendiendo), es cuando somos más naturales, más genuinos y más personas. Compartir, reír, jugar, sentir curiosidad, patalear en público, proponerle a un completo extraño… ¿quieres ser mi amigo?

Si hemos conseguido recuperar y potenciar esas maravillosas actitudes y capacidades sociales a través de un medio artificial, creo que sería conveniente repasar el valor real que tienen para nosotros las máquinas y sistemas de conexión que lo han permitido. No sólo como meras herramientas, sino como potenciadores de nuestras facetas más humanas.

Cuando leo esos orgullosos tweets, posts y campañas que abogan por la “desconexión” como método para recuperar el “valor” de las relaciones, me parecen reacciones hipócritas y puedo oler el miedo en ellas. La desconexión como “valor añadido” del contacto físico y las relaciones no virtuales… es un absurdo.

Perder el contacto con los demás, dar la espalda a sus problemas, desmerecer el sentimiento empático que nos provoca la interacción en las redes sociales, ignorar a las personas que tienes alrededor (ahora que el “alrededor” se ha vuelto definitivamente más grande)… Eso nunca me parecerá un plus de humanidad, ni algo de lo que enorgullecerme.

¿Quién a estas alturas no ha desvirtualizado a alguien con un sincero abrazo cargado de un cariño auténtico que se gestó a través de una red social, o ha tenido que virtualizar a un ser querido que se ha ido lejos?

Como ante cualquier gran cambio que se nos presenta en la vida, es necesario un proceso de adaptación. Nos programaron para reducir nuestras emociones y nuestra capacidad de sociabilización a niveles mínimos. Descubrir el enorme potencial que tenemos como seres humanos para comunicarnos y toda esa avalancha de emociones, puede provocar algunos desajustes al principio. Pero es sólo eso, una etapa de aprendizaje. Hay momentos para sociabilizar y otros para intimar y no es sano excederse en ninguno de los dos. ¿O es que sólo yo he tenido amigas pesadísimas que decían eso de “ahora que te has echado novio ya no se te ve el pelo”?. Bueno, pues ahora es Coca-cola la que nos dice que desde que nos metemos en las redes sociales, no se nos ve la cara.

El vídeo que os dejo trae un mensaje. “Immersed in our digital lives, we sometimes miss the opportunity to connect with people in the real world” … A mí me parece que ese vídeo habla de la incapacidad para construir relaciones personales plenas y una gran dosis de insatisfacción personal que clama por una vía de escape. Pero eso no es un problema que genere internet. Como siempre, es un problema que internet pone de manifiesto. Lo que a veces olvidamos, es que nos ofrece la oportunidad de conectar con personas en el mundo real, que de otro modo, jamás hubiéramos conocido.

Paradójico, pero real. Las máquinas nos ayudan a ser más humanos.

Gracias de antemano a aquellos que no desconectarán esta noche y que compartirán con los demás la sensación de abrazar a alguien a quien quieren, la diversión, la celebración… Porque compartir la alegría es un gesto tan humano y auténtico, como tocar a alguien.

 

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2 thoughts on “Desconectar no es vivir

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